Las imposiciones de Lisboa


La ratificación del Tratado de Lisboa está convirtiéndose en una historia larga, quizás demasiado larga. La reforma de las estructuras de la Unión Europea, su corazón burocrático, la atribución de poderes por parte de los Estados miembros es algo que podemos considerar inmanente a la idea Europea.

Pero esta historia particular de Lisboa la podemos hacerla remontar a 2003 cuando entra en vigor el Tratado de Niza y en uno de sus anejos se llama a una Conferencia Intergubernamental para reflexionar, debatir y proponer un texto “constitutivo” lo que más tarde se conoció como la Constitución Europea.

El mandato de esta Conferencia Intergubernamental era claro y lo podemos resumir en los siguientes puntos: 1) establecer y supervisar una delimitación más precisa de las competencias entre la Unión Europea y sus Estados miembros; 2) determinar el estatuto de la Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión, aprobada en diciembre de 2000; 3) simplificar los Tratados; y 4) analizar cómo se podían asociar los Parlamentos nacionales a los trabajos de la Unión Europea.

Pero quizás el punto más interesante de esta Conferencia Intergubernamental era el de intentar acercar la Unión Europea a los ciudadanos y de involucrarlos en esta construcción. Con ello se intentaba paliar la crítica continua del déficit democrático y de excesiva burocratización del funcionamiento de las llamadas instituciones europeas. Algo que en ningún momento se plantea es el de dar un sentido político a la Unión Europea.

El texto final que algunos llamaron Tratado Constitucional por no ser ni un Tratado ni una Constitución en un sentido clásico, habla de principios y objetivos. Lo más parecido a algo que podríamos llamar una Unión política es el siguiente texto del preámbulo “Convencidos de que Europa, ahora reunida tras dolorosas experiencias, se propone avanzar por la senda de la civilización, el progreso y la prosperidad por el bien de todos sus habitantes, sin olvidar a los más débiles y desfavorecidos; de que quiere seguir siendo un continente abierto a la cultura, al saber y al progreso social; de que desea ahondar en el carácter democrático y transparente de su vida pública y obrar en pro de la paz, la justicia y la solidaridad en el mundo”. O sea, algo vago donde entra todo y no se dice nada que perfectamente podría ser reemplazado por un preámbulo de “paz y amor”.

La historia de esto texto es ahora conocida: no pudo ser. En el proceso de ratificación, Francia y Holanda en referéndum no aprobaron el texto y los burócratas empezaron a hablar de crisis institucional. Esto de la crisis sobra decirlo pero es algo igualmente inmanente a la construcción europea y si siempre se está en crisis institucional quizás se podría pensar que es el estado natural de las cosas y que cuando no se está en crisis institucional no se está. En esta nueva crisis institucional, los líderes se marcaron un nuevo periodo de reflexión para ver qué se hacía con esta reforma.

Cierto es que tenían la obligación, que marcaba el Tratado de Niza, de intentar solventar problemas urgentes como era el poder funcionar con 27 Estados. Se analizan las causas del fracaso de este Tratado Constitucional y banalizando los debates o quizás caricaturalizándolos, los líderes llegan a la conclusión de que lo que ha fallado es el nombre; es decir, cambiemos algo para que nada cambie. Se eliminan las referencias a la Constitución porque no habían existido unas Cortes Constituyentes y el resto del texto se deja prácticamente igual. Esto es lo que acuerdan los líderes en y que firman el 18 de octubre de 2007. Con esta firma empieza el proceso de ratificación del Tratado de Lisboa.

Uno de los momentos claves a la par que crítico fue en el 2008 cuando Irlanda en referéndum popular rechaza el texto. Quisiera hacer un paréntesis en el desarrollo cronológico de los hechos para centrarme en lo que podríamos llamar el absurdo de la reforma o la imposición por parte de las élites políticas de un texto a cualquier precio.

Un principio democrático básico es el de aceptar el resultado que salga de las urnas. Esto nos lleva a plantearnos cuál es el sentido de volver a someter a referéndum prácticamente el mismo texto una vez que este ha sido rechazado? Aquí podemos aceptar argumentos como que la labor pedagógica necesaria para entender el alcance de la reforma no tuvo el tiempo suficiente y que era necesario una segunda vuelta. Aceptado este argumento el texto se vuelve a someter a la voluntad popular con otro nombre.

El segundo texto vuelve a ser rechazado en este caso por Irlanda. Los líderes deciden proseguir e intentar a avanzar y concluir el proceso de ratificación y para ello deciden introducir ciertas modificaciones que puedan disuadir o tranquilizar a los irlandeses. Pero un momento, las modificaciones que se introducen en el texto no dan lugar a que sean aprobadas de nuevo por el resto de países siguiendo el mismo proceso inicial. Quiere decir, que el texto que ahora ha sido sometido a referéndum por segunda vez por Irlanda, no es el texto que fue aprobado por España (por poner un ejemplo) en referéndum. Y aunque se pueda argumentar que las modificaciones son menores es el proceso mismo lo que es criticable. Es que el texto tiene que salir adelante sí o sí? Entonces, cuál es el sentido de someter un Tratado a votación si no se va a aceptar lo que salga de las urnas?

Este proceso y esta imposición a los ciudadanos de una voluntad que no hemos depositado nos devuelve al mandato que tenían los líderes en 2003 y era el de paliar el déficit democrático de esta Europa. Pues bien, el proceso de ratificación del dicho tratado de Lisboa va en contra de los principios democráticos básicos. El debate no debería girar entorno a Lisboa sí/Lisboa no sino entorno a qué democracia para Europa? Es que el debate sobre esta cuestión básica al funcionamiento de cualquier estructura propia del siglo XXI debe ser negado en aras de la eficiencia de la estructura?

Este Tratado que en sí no es bueno ni malo no ha respetado a sus ciudadanos y personalmente, el texto que yo voté no es el mismo que quizás, dependiendo ahora de los checos, el que salga adelante. Posiblemente si ahora me volviesen a plantear el texto votaría que no, que esta no es la Unión Europea que yo quiero, una Europa donde se nos imponga bajo el argumento de la eficiencia y del buen funcionamiento, estructuras que no podemos controlar.

Patricia Lamas Sánchez

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3 comentarios

Archivado bajo Opinión

3 Respuestas a “Las imposiciones de Lisboa

  1. Carlos Bravo Abad

    Estoy bastante de acuerdo contigo. El tratado se propone como objetivo construir una Europa capitalista ( más competitiva, concurrencia, etc…) las mismas estupideces que nos han llevado a la crisis del capitalismo que vivimos ahora.

  2. María

    Patricia,no me he fijado tanto en lo que cuentas,sino en cómo lo cuentas…me ha encantado.Te he visto recientemente en la tele paseando por Bruxelles, te veo más belga que salmantina jajajaja ¡no le diré lo que pienso a tu abuela….!saludos

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