Qué futuro para nuestra universidad


España disfruta de un amplio consenso sobre la importancia de la universidad para alcanzar una sociedad más próspera y equitativa, y colmar así nuestras ambiciones como nación. Pero no todo es color de rosa en las relaciones entre sociedad y universidad. La sociedad, por una parte, reclama mayor conexión entre los conocimientos adquiridos en la universidad y las habilidades profesionales que solicitan las empresas. Además, critica a la universidad por su endogamia y baja calidad de su enseñanza, poco adaptada a las necesidades de la sociedad, y por la limitada movilidad y escasa dedicación de sus profesores, ocupados a veces en actividades profesionales extra-universitarias.

 

La universidad, por su lado, reprocha a la sociedad la falta de reconocimiento social, y a la Administración, la masificación de las aulas, la escasa financiación, la considerable burocracia reglamentaria, y la incoherencia que supone exigir docencia, investigación, transferencia, e innovación, cuando en la promoción del profesorado la docencia apenas puntúa. Además, la descentralización del Estado ha capilarizado la oferta universitaria que, en ciertas titulaciones y universidades, atrae a muy pocos alumnos.

El debate sigue abierto, discutiéndose la eficacia del nuevo marco legal (LOU), que ha mantenido casi invariable las condiciones de selección y contratación del profesorado. La LOU subraya la importancia del estudiante y aporta mejoras docentes como, por ejemplo, un menor número de alumnos por aula, un mayor papel de los seminarios y un mayor énfasis en las competencias transferibles, las llamadas soft skills como, por ejemplo, la capacidad de comunicación, de presentación, de coordinación, de valoración, etcétera. La integración del sistema educativo español en el espacio europeo de educación superior se está produciendo con lentitud y sólo parcialmente.

 

En la actualidad, España necesita una estrategia nacional para crear un espacio universitario integrado que comprenda tanto elementos educativos como de I+D, y que vincule la investigación con las políticas de educación, innovación y cohesión en el marco del llamado Proceso de Ljubljana lanzado por el Comisario Potočnik, si queremos ser competitivos y situar a alguna de nuestras universidades entre las 100 mejores del mundo.

¿Para qué debe servir la universidad?

 

La nuestra es una universidad multidimensional con funciones administrativas, pedagógico-docentes, investigadoras y tecnológicas que se enfrenta a varios desafíos, que van desde la creación de saber hasta la preparación profesional, y desde la formación de ciudadanos responsables hasta la transferencia de tecnología. Con todo, hay un gran acuerdo sobre la necesidad de ampliar su misión y de orientarla, aún más, hacia las necesidades inmediatas de la sociedad, mejorando la permeabilidad entre ambas.

Otra cuestión es el modelo de docencia. Hay que encontrar un equilibrio entre una docencia más abstracto-conceptual y un aprendizaje técnico-aplicado de cada materia. También sigue abierto el debate sobre la importancia del profesor y del alumno en el proceso de aprendizaje y de transmisión del conocimiento.

 

Tampoco hay ideas claras sobre la mejor forma de estimular el pensamiento crítico y la participación, o sobre el modo de educar, motivar, y seleccionar al alumnado. Además, hay diferencias abrumadoras entre la calidad docente y la investigadora del profesorado; reflejan, sin duda, el sesgo favorable a la investigación en los incentivos de la carrera universitaria, hecho éste imperdonable. Por otra parte, es fundamental mejorar la gestión universitaria en todos sus niveles y flexibilizar la función financiero-administrativa. Es capital que nuestros rectores sean verdaderos líderes de su comunidad universitaria; que estén en sintonía con los gerentes y los servicios administrativos; que capten los recursos que necesitan y, sobre todo, los administren de forma eficiente.

El futuro de nuestra universidad está lleno de interrogantes sobre si conviene o no que todo el mundo vaya a la universidad; sobre la capacidad de evolucionar de profesores, alumnos, empresas y ciudadanos; sobre la redefinición de la autonomía universitaria y el modo de incentivar el cambio; sobre el equilibrio docencia-investigación; sobre la reorganización de la oferta universitaria ante la falta de alumnos en algunas titulaciones; sobre el desarrollo de polos de especialización y la segmentación de enseñanzas; sobre la estrategia para mejorar nuestra posición internacional; sobre la oportunidad de mantener profesores vitalicios; y sobre el modo en que podemos profesionalizar a nuestros profesores buscando un mayor equilibrio entre su dedicación a la universidad y el contacto con el mundo profesional exterior, como ocurre en las mejores universidades americanas; sobre los incentivos a la movilidad internacional del profesorado haciéndola obligatoria a lo largo de su carrera; sobre la autonomía financiera de las universidades primando ingresos por actividades de investigación ligadas al sector productivo, etcétera.

 

Creemos que el Estado debe ser protagonista en el diseño de la estrategia y espacio nacional, europeo e internacional, así como en la gestión eficiente de los recursos públicos; y mientras la financiación pública se destina al mantenimiento de estructuras estables, parece razonable que sea el sector privado quien facilite la financiación de proyectos específicos.

Vale la pena conjugar optimismo y sentido crítico, pues los restos locales de feudalismo que aún subsisten no constituyen el meollo del asunto. Tenemos centros de buen nivel y hemos desarrollado grupos de investigación excelentes que convergen con el sistema europeo. La universidad española goza del buen crédito internacional del llamado efecto España; pero no nos engañemos, queda mucho por hacer.

 

Quizás lo más importante sea mantener vivo el debate y no dejarse anestesiar por la comodidad del silencio cómplice, que sería letal. No nos podemos permitir el conformismo pasivo. La siembra que realicemos hoy en la universidad la recogeremos mañana en forma de ciudadanos responsables y profesionales competentes.

*Funcionarios de la Comisión Europea en asuntos de investigación y universidades. Tertulia Guillermina Medrano Aranda-Sección Bruselas

 

CARMEN MADRID – FERNANDO SÁNCHEZ

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3 comentarios

Archivado bajo Opinión

3 Respuestas a “Qué futuro para nuestra universidad

  1. Antares

    Hola, me llamo Antares y soy becaria de la Universidad Jaume I, estoy realizando la tesis doctoral sobre la profesora Guillermina Medrano y me gustaría saber como ponerme en contacto, si es posible, con la tertulia Guillermina Medrano sección Bruselas y sección Valencia. Lo siento pero no he encontrado otro foro donde preguntar.
    Muchas Gracias.
    En referencia al artículo estoy muy de acuerdo con la crítica que se realiza de la universidad y que es necesario establecer un debate abierto donde todas las partes tengan derecho a expresar su opinión al respecto.

  2. Ours says : I absolutely agree with this !

  3. Somehow i missed the point. Probably lost in translation 🙂 Anyway … nice blog to visit.

    cheers, Enclosure!!!

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