Los peces de la amargura


peces_amargura.jpgLos peces de la amargura

Fernando Aramburu

Tusquets

242 pp.

No ha sido el terrorismo etarra material especialmente fecundo para la literatura española. A pesar de que autores como Ibán Zaldua, José Javier Abasolo o Antonio Muñoz Molina se han acercado tangencialmente al conflicto en algunas de sus obras, la cercanía y el dramatismo de la situación vasca han impedido que hayan sido más los escritores y los textos dedicados al tema.

Fernando Aramburu, nacido en San Sebastián pero residente en la ciudad alemana de Lippstad, ha invertido esa tendencia con la publicación de Los peces de la amargura, una excepcional colección de cuentos que muestran la convivencia diaria con la violencia que ha marcado la vida de los últimos años en el País Vasco.

A través de diez relatos, Aramburu habla de una sociedad llena de miedo y tensión en la que la neutralidad parece imposible y en la que hasta el silencio es una forma de posicionamiento. Y en la que su propia obra, claro está, supone una toma de partido. Quizá por eso habrá quien le acuse de parcial, olvidando que la buena literatura es siempre una forma personal –y, por tanto, cargada de valores éticos- de mirar al mundo circundante.

De ahí que la maestría de Los peces de la amargura no provenga únicamente de su calidad literaria, sino también de su particular interpretación de la situación de amenaza y temor en que ha vivido inmersa la sociedad vasca en los últimos años. Olvidando motivaciones políticas y relegando del primer plano a los protagonistas mediáticos del conflicto, Aramburu relata la cotidianeidad del pueblo vasco, haciendo recaer el foco narrativo y temático de las historias a los personajes anónimos que han de convivir día a día con un drama cuyas ramificaciones a todos afectan. En ninguno de los cuentos se habla de legitimidades históricas, ni de grandes acciones terroristas, ni de equidistancias políticas o judiciales, sino del dolor anónimo que provoca vivir en un contexto dominado por la violencia y el odio.

Las víctimas, entendidas como un heterogéneo colectivo que se ve, de una u otra forma, salpicada por el terrorismo, se convierten así en las verdaderas protagonistas de la obra. El catálogo es amplio, abarcando al joven incapaz de superar el trauma que le produjo ver morir a su padre a manos de dos pistoleros etarras; a la viuda de un policía municipal que ha de soportar el hostigamiento de los violentos después del asesinato de su marido; al padre aferrado a sus aficiones rutinarias para poder asimilar y sobrellevar la convivencia con su hija, inválida tras la explosión de un coche bomba; a la madre de un preso atormentada al saber que su hijo participó en un atentado que causó la muerte de varios niños; al matrimonio que sufre la continua presión a la que los fanáticos someten a su vecino… Es precisamente ese cuento (“La colcha quemada”), protagonizado por una pareja que ha de convivir casi diariamente con las pintadas y el lanzamiento de piedras y cócteles molotov hacia su fachada, el que mejor pone de manifiesto la profunda capacidad destructiva del conflicto vasco. Atemorizados y cansados del acoso que sufren por la decisión de su vecino de meterse en política, el matrimonio se divide entre el cariño que tienen a quien ha vivido durante años en el piso de arriba y la amenaza constante a la que están expuestos por la presión de los violentos. “A mí lo que de verdad me preocupa –dice uno de los personajes- es que le coloquen una bomba al vecino y se nos caiga la casa encima. Y todo por meterse a concejal. ¿Para qué se arriesga? ¿Le gusta ir de mártir por la vida o qué? Y si dijéramos que vive solo en el monte y que le apetece jugarse el pellejo sin ponernos a los demás en peligro, pues bueno, allá cuidados. Pero es que esto es la rehostia”. El fenómeno terrorista es retratado a través del odio y la maniquea división social que genera, del profundo tajo que supone en la existencia de todo quien lo sufre y, sobre todo, de la imposibilidad de sustraerse a su impacto. Como una gigantesca maquinaría diabólica, pervierte todo aquello que toca, haciendo imposible vivir al margen de él.

Para dar más intensidad al crisol de voces y experiencias que componen la colección de cuentos, Fernando Aramburu expone una amplia variedad de registros literarios que hacen que ningún relato se parezca al anterior. Sólo es constante su temática, que da sentido y unidad a la obra, y un tono melancólico que provoca con la misma facilidad sentimientos de angustia y de indignación, de dolor y de rabia. Así, hay cuentos testimoniales, epistolares, dialogados, en forma de crónica periodística, construidos como si de secuencias cinematográficas se tratasen e incluso concebidos adaptando las técnicas tradicionales de la narración oral. Especialmente interesante dentro de esta heterogeneidad resulta el texto que cierra la obra, titulado “Después de las llamas”. Estructurado como una pequeña pieza teatral, enteramente dialogado y con unidad espacial, narra la estancia en un hospital de un hombre herido tras la explosión de un cóctel molotov. Postrado en la cama con las piernas quemadas, el protagonista ha de soportar cómo sus hijos le reprochan haber sido víctima casual del terrorismo callejero (“mis amigas creen que te diste un trompazo en el almacén de la imprenta, voy a quedar fatal delante de ellas cuando te vean en el periódico”, le llega a decir uno de ellos), cómo su mujer parece más preocupada por la posible visita del Lehendakari al hospital que por su propia salud  o cómo su compañero de habitación le pide que, si va a visitarle su esposa, no hable ni de política ni del atentado porque “ella es maja, y en misa siempre da limosna, pero es muy vasca”. Con un tono tragicómico, por algunos momentos sainetesco, es el único cuento que deja aflorar en algún momento una sonrisa –una sonrisa, eso sí, profundamente triste- en labios del lector.

Sin buscar el dramatismo exagerado ni la fácil empatía con el público a través de la conmoción, Fernando Aramburu logra con los relatos que forman Los peces de la amargura abordar de forma magistral un tema tan espinoso, polémico y difícil como es del terrorismo vasco. Con el mismo material con el que muchos otros hubieran caído en el panfleto demagógico, el escritor donostiarra se limita a aportar un aséptico y realista fresco de los años de violencia en el País Vasco en el que sólo hay lugar para la tradicionalmente silenciada intrahistoria humana, que nunca tendrá sitio en los libros de texto ni en los grandes acontecimientos públicos, pero que es, al fin y al cabo, la que hace mover el mundo. Lejos de acusar y repartir culpas, en su retrato sólo hay hechos y dolor, suficientes para que sea el lector quien saque sus propias conclusiones. Mostrando sin querer juzgar, pero sin dejar nunca de ser consciente de que toda estética implica una ética y que escribir sin comprometerse con la verdad es sinónimo de mala literatura, su obra se eleva a la categoría de texto imprescindible, tan lleno de humanidad como de valores literarios.

Javier Sánchez Zapatero

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