Cuéntame cómo pasó


jose-ortigosa_edited.jpgJosé Ortigosa Crespo, presidente y miembro veterano del Centro Pablo Iglesias, y muchos como él, forman la memoria histórica de la comunidad hispana afincada en Bruselas de la primera y segunda generación.

Aunque muchos tienen la memoria corta, José no tiene reparos en reconocer que se identifica bastante con los millones de inmigrantes que llegan hoy día a España. A los once años él y su familia se tuvieron que marchar a un país desconocido, cuya lengua no hablaban, sin un duro, sin papeles, donde vivían a merced de sus compatriotas ya establecidos y hacían los trabajos que los ‘nativos’ no querían hacer. José contó su historia a Progres@.

‘Cuéntame, cómo te ha ido…’

“Yo nací hace 52 años en la provincia de Granada, en un pueblo que se llama Zafarraya que se encuentra a mil metros de altitud (es lo que se llama ‘un polje’). Vivíamos en un cortijo sin electricidad y sin agua corriente a tres kilómetros del pueblo más cercano. Íbamos al pueblo de compras una vez al mes, montados en yeguas y mulas Éramos una familia de cinco hermanos sin escolarizar — yo sólo fui regularmente a un curso en la escuela. Era pastor desde los ocho años. Mi hermano guardaba los pavos. ¡Y éramos felices! 

‘…En tu viajar, por ese mundo de amor’

Entonces, por razones económicas — no había trabajo — mi padre se marchó a Bélgica en el 65. Un año más tarde aterrizamos aquí mi madre, mis hermanos y yo. Yo tenía 11 años. Llevo 41 en Bruselas. Fuimos emigrantes económicos pero también hubo muchos exiliados políticos. 

‘Es igual, vente conmigo’ 

Recuerdo que era toda una odisea llegar aquí y buscar alojamiento pero lo conseguimos. En Bruselas íbamos a la escuela. Como muchos inmigrantes, mi padre quería una vida mejor para sus hijos. Al llegar, él nos dijo «si estáis aquí en Bruselas es para estudiar — para trabajar tenéis toda vuestra vida, no quiero que seáis analfabetos, como yo.» Nos apuntamos a la biblioteca y nos compramos una máquina de escribir — nosotros que hacía poco que sabíamos leer. En la escuela nos daban clases especiales para aprender francés — al principio, no sabíamos ni papa. Íbamos al mercado con mi madre y hacíamos las compras por escrito: ‘un kilo de pommes de terre’ en un papelito. En un año adquirimos unos conocimientos suficientes de la lengua. 

‘Háblame de lo que has encontrado, en tu largo caminar’

El primer emigrante que se marchó de nuestro pueblo lo hizo en el 55 y vino aquí a las minas. Mi padre formó parte de la gran oleada de inmigración española entre 1961 y 1970 cuando Bélgica contaba con ±57.000 españoles  Mi padre no sabía dónde estaba Bruselas, sólo sabía que tenía que coger el tren Málaga-Madrid que pasaba por Irún y que había mucho lío para cambiar en Paris (¡muchos compañeros aterrizaron en Bonn en lugar de Bruselas!). Una vez aquí, pasó un año, como muchos, durmiendo en casa de un amigo en camarotes sin calefacción.  Mi padre fue un «sin papeles» cuando llegó a Bruselas. Como la mayoría, llegó con un visa turístico de tres meses — sólo un 10% tenía ya contrato de trabajo desde España. Había bares que hacían las veces de «oficinas de empleo». El dueño de un local en la rue Joseph Claes en Saint-Gilles que tenía contactos con los empresarios, sabía francés y conocía el mercado de trabajo. Él utreservaba las plazas para los españoles. Su señora buscaba trabajo para las mujeres limpiando y demás. Afortunadamente, hubo falta de mano de obra y casi todos se colocaron.  

‘Si has conocido, la felicidad’

Debo decir que no hubo mucha explotación por parte de los empresarios. Y, en general, los belgas nos acogieron bien y nos aceptaron. Al principio se veían carteles que ponían «extranjeros abstenerse»… pero eso duró muy poco. En lo que a mí me respecta, no hubo ningún problema de integración social ni escolar — nosotros nos adaptamos muy bien a nuestra nueva situación.  

‘Que soñaba, sin cesar’

Me identifico con los inmigrantes subsaharianos que están llegando actualmente a España. Hay muchas similitudes — salir a la aventura sin seguridad alguna, sin papeles oficiales, para paliar una falta de mano de obra.  Sin embargo, mi experiencia no tiene nada que ver con la recién llegada de inmigración española ahora en Bruselas. Tienen estudios, no son emigrantes ni económicos ni refugiados políticos. No se incrustan como lo hicimos nosotros en la vida del país de acogida. Se implican menos — pasan desapercibidos. Los primeros inmigrantes españoles abrían tiendas, restaurantes, pequeños negocios. No veo un parlamentario o un funcionario de la Comisión montar un bar de la esquina y llamarlo «Casa Pepe». 

‘Volverás, en un nuevo día’

Hoy día me siento europeo, soy muy europeísta. Belga no — si me hubiera sentido belga, me hubiera hecho belga ya. Bélgica es mi tierra de acogida, la tierra que me ha dado todo lo que tengo hoy día y lo que soy — es mi segunda patria. Ahora bien, vuelvo por lo menos una vez al año a España, a mi tierra, a mi pueblo, al ‘Cortijo de los Buenos’ que me vio nacer.”    

Conversación entre José Ortigosa y Tom Morgan (Progres@)

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