La realidad me supera, aunque también me tiene imbuida en una especie de trance, a la espera contínua de portadas de periódicos, declaraciones de los afectados y decisiones judiciales a cuál más increible, pero ya desde el convencimiento de que mi capacidad de asombro tiende a cero.
Tenemos a un Partido Popular que da la hora cuando le preguntan por el tiempo y, aún peor –lo primero puede ser un despiste-, que parece estar dirigido por unos ineptos que reconocen que nunca se dieron cuenta de que una banda de chorizos se estaba aprovechando de ellos. Se merecen seguir en la oposición: o por corruptos o por tontos… o por tomarnos por tontos.
Precisamente, lo más preocupante de esta historia no es que presuntamente haya existido una trama de corrupción y financiación ilegal del partido (es preocupante, por supuesto, pero no lo que más). Lo peor es que los militantes, simpatizantes y votantes del PP estén dispuestos a no pasar factura (ver encuesta de El País el domingo pasado). Lo que me lleva a reflexionar: o ellos hacen lo mismo que los políticos a los que votan y, por tanto, su apoyo responde más bien a la autoexculpación o no lo hacen pero lo harían (que es igualmente repulsivo).
O, tercera opción, que parece la más plausible: aceptan cualquier cosa (incluso a un mentiroso como Camps, según sentencia) con tal de que no siga gobernando el PSOE. Los malos son siempre los otros y, saben qué, en el fondo no les culpo porque yo también creo que el futuro económico, ideológico y cultural de España estaría gravemente comprometido si gobernaran ellos.
Buena prueba de ello es lo que está pasando con la reforma del aborto. Es torticera la forma en que se está alterando el debate de esta cuestión:
- Desde 1985, en España ha sido legal y constitucional el aborto, en determinados casos específicamente establecidos en la ley. Esta situación ha sido pacífica durante los últimos 24 años y ni al PP se le ocurrió derogar o modificar la ley ni a la Iglesia salir a la calle para pedirlo. Ahora son ellos los que pretenden llevarnos a la situación anterior a 1985, rompiendo el consenso social existente.
- El que una joven de 16 años embarazada pueda abortar sin el conocimiento de sus padres no es una cuestión de madurez o de responsabilidad de esa joven, que la tiene porque, entre otras cosas, puede casarse y procrear en el matrimonio, así como someterse a operaciones sin que sus padres lo sepan (salvo pocas excepciones y recordemos que puede porque el PP así lo aprobó durante uno de sus gobiernos); se trata, en el fondo, de una cuestión de comunicación entre padres e hijos y, más aún, de responsabilidad de esos padres que, lejos de generar un vínculo afectivo de honestidad y transparencia entre ellos y su prole, se limitan a imponer sus valores y principios sin discusión. El proyecto no obliga a nadie a esconder a sus padres la realidad; lo harán aquéllas que querrán evitar un conflicto familiar. Quienes vean en sus padres unos seres humanos comprensivos y de mano tendida hablarán.
- Quien no quiera abortar, nadie ni nada le obliga y jamás le obligará a hacerlo. Es incomprensible la posición de aquéllos que sistemáticamente se oponen al reconocimiento de derechos de otros adulterando el debate para hacerlo pasar por un recorte de los suyos. Se opusieron al matrimonio homosexual y parecía que se iba a obligar a los obispos a casarse entre ellos; se aceleró el divorcio eliminando el proceso previo de separación y proclamaron el fin del derecho al amor; se abrió el debate de la eutanasia (con ocasión del desgraciado asunto de Eluana en Italia) y casi nos imputaron un intento encubierto de asesinar masivamente a los enfermos en los hospitales.
Es, no lo niego, un debate complicado pero es un debate jurídico (Constitución en mano) a la hora de legislar, y moral, a la hora de tomar la decisión individual de si abortar o no. Coloquemos cada cosa en su sitio.
En fin, en esas estamos en este país…
Fuera de España, ¿qué decir? Berlusconi sigue de Primer Ministro en Italia, porque la democracia de ese país le necesita (sic). En España se sale a la calle por menos, ¿¡dónde están los italianos cabreados, santo dios!?
Un globo aerostático vacío, fruto de la ingeniosa -por no decir autodestructiva- imaginación de un americano ávido de protagonismo, bloquea los medios de comunicación de un país entero y paraliza el aeropuerto de Denver durante horas.
Artistas e intelectuales firman un manifiesto en apoyo de un violador de una menor según sentencia, que casualmente es uno de los más famosos directores de cine del mundo occidencial. Como escribió Vargas Llosa, los hechos no son igualmente reprobables si los comete Polanski.
En la tesitura descrita, no me queda otra que decirles que vayan a ver la nueva película de Woody Allen (“Whatever Works”), una ráfaga de aire fresco. Es lo único que, en estas últimas semanas, me ha hecho reir a carcajadas y, durante un rato de un sábado noche cualquiera, olvidar que el mundo –cuando menos, en España- se está volviendo loco.
Irene Moreno-Tapia






